Recuerdo aquella vez que me la quise dar de galán e invité a una niña de Barrio Norte a un restaurante para una cena (supuestamente romántica). Para que se den una idea, ella, de 20 años, todavía seguía creyendo que lo que había detrás de la Gral Paz era todo campo, con calles de tierra y alguna que otra pavimentada. Obviamente, había votado a Mauricio Macri. Gente PRO, que le llaman
Hasta el día de hoy sigo sin entender las variedades de boludeces que te dan como entrada: queso estilo tal, un no se qué de Francia, un ajwdajjaj que no sé ni pronunciar. Todo para terminar morfandome todos los grisines (único alimento que más o menos reconocía), ante la incredulidad de mi acompañante. Después me di cuenta de que era para untar las cosas que te daban. Me avivé tarde.
Ante el terror de terminar pidiéndome algo que después iba a terminar dejando, opté por lo clásico: milanesa con papas. Ella, galana de Barrio Norte, se pidió una pasta con salsa de no se qué y unas hojas que no supe si era albahaca o lechuga. Aquí entra algo muy cierto de los Hnos Marx: Una cosa es ser boludo, otra muy diferente es abrir la boca y despejar toda duda de tu condición. Frase sabia. Me callo la boca.
Llega el morfi. Charla va charla viene, descubro en mi boca un pedazo INTRAGABLE de mi comida. ¿Qué hago? Basta de finuras! A meter garfio y a sacar lo que haya que sacar, con la sutileza de un odontólogo de falso certificado. Recuerdo la cara de ella, con los ojos bien abiertos de incredulidad ante semejante acto de barbarie. “Perdón”, dije. “Todo bien”, respondió.
Y hete aquí el comienzo del epítome de la noche. Me encontraba entablando una lucha encarnizada para cortar la milanesa con un cuchillo que apenas tenía filo. La cosa ya se tornaba un asunto personal: era ella, o yo. No me refiero a la niña. Yo le estaba hablando a mi comida. La cosa iba en serio.
Fue allí cuando la milanesa voló hacia el piso, con la misma gracia y efecto que el pescado de tres ojos que escupió el señor Burns en ese capítulo inolvidable de la Primera Temporada de los Simpsons. La cosa terminó en el piso. Que iba a hacer? Dejarla allí? JAMAS! A levantarla. Por lo menos me rescaté y no la levanté con la mano. Finura: como jugando a los palitos chinos intenté levantarla con tenedor y cuchillo. Lo logré! Soy un dandy.
En ese momento giré para ver la cara de mi compañera. Roja de vergüenza frente a tamaño salvajismo de pibe provinciano. Cuando las cosas no podían salir peor, mientras levantaba mi cena del piso, mi codo izquierdo pegó con una precisión envidiable al vaso lleno de Coca-Cola. Conclusión: Mesa, pan y parte de ambos platos, empapadas.
Ahí es cuando utilicé mi arma secreta (pero no tan secreta): hacerme el boludo. Que continué la función! Mientras rezongaba al estilo “Pero, estos vasos que son tan finos” o “Que cuchillo de porquería” y luego de llamar al mozo (por qué le dicen garsón a los mozos? No entiendo todavía) para que limpie la mesa, intenté, en vano, remontar el barco que se hundía como el Titanic. En un mar de Coca-Cola. Valga la redundancia.
El barco estaba hundido y no lo sacaba ni Jacques Cousteau. Algo más? Si, la cuenta… $73. Yo tenía solo $28... y encima lo mío había salido $32. Así que no solo pude pagar la cena, sino que ni siquiera MI propia cena. Terminé pidiendo plata prestada a la niña. “Después te la devuelvo”, dije. Para qué! Cuestión que nunca más volví a verla ni a saber de ella. Me borró del msn y jamás me atendió el teléfono.
MORALEJA: PARA QUE COMPLICARSE LA VIDA… NO HAY NADA COMO UN CHORIPAN CON VINO TINTO EN CARTON FRENTE A LA COSTANERA.